Carlos Samaniego

 LAS CANCIONES Y LA MUSICA QUE CAMBIARON EL MUNDO 

            Cada época tiene su magia. Así los 10 años que separan 1965 de 1975 tuvieron un gran impacto en mi vida, marcándome definitivamente. Es el tiempo que dediqué a la creación musical. Son mis años musicales.

            Entonces no me daba cuenta de la trascendencia de todo lo que se cocía a mi alrededor, pero algo intuía y trataba de expresarlo como podía. Mayo del 68 se dejó sentir, y los Beatles revolucionaron las viejas formas musicales. La miseria y el abandono de Castilla entonces eran totales. Los fantasmas de la ultima guerra civil, tras 30 años, sugerían enseñoreándose de todos los rincones de la vida publica, salpicando el paisaje de odios, fronteras y miedos.

La guerra fría estaba en todo su esplendor y parecía que nunca terminaría. El Marxismo era la "única vía seria" para derrotar al "imperialismo capitalista", responsable de toda la miseria y desigualdad en el mundo. No había libertad de pensamiento, ni de expresión, y los jóvenes no podíamos ser nada por nosotros mismos. Solo podíamos aspirar a lo que los mayores dictaban, en un mundo plagado de mitos y tradiciones fuera del tiempo.

            Yo empecé a componer canciones sin darme cuenta. José Antonio Mora Pavón me enseñó a tocar la guitarra en la Universidad Laboral de Sevilla, con aquella paciencia suya que nunca acababa. Y entre acorde y acorde, dejaba volar mi imaginación. Aquel tiempo era mágico para mi. Los tres años que estudié en la UNI de Sevilla, para hacerme Oficial Industrial Electricista-Montador, rodeado por tan buenos amigos, sirvió para que empezara a descubrirme como persona y comenzara a entender aquel mundo complejo, caricaturizado en blanco y negro.

            En Sevilla me enamoré del verde, y a soñar con un mundo mejor. Cuando aquel interminable tren recorría cansino la "Ruta de la Plata" entre Zamora y Sevilla, durante 22 horas, veía pasar por sus ventanillas los mil paisajes de España. Desde la sequedad y el frío invernal zamorano, a la luminosidad del valle del Guadalquivir, con sus alberos y sus árboles inmensos, y aquellas bandadas de palomas blancas, que comían de mi mano en las tardes de domingo en el Parque de María Luisa, pasando por el vergel extremeño; todo era una película en Tecnicolor de montañas, pueblos y frutales.

            La Meseta Castellano-Leonesa, seguía contemplándose en silencio y soledad. Años antes, veía en las mañanas a los labradores que subían a paso lento por la carretera de Fuentelapeña a su labranza. Yo bajaba en bicicleta, desde la Josa al colegio de las "Monjas de la Milagrosa", mientras ellos, acompañados por una pareja de mulas y el carro o el arado, dependiendo de la estación, se enfrentaban a un trabajo antiguo como el aire. A media mañana los veía comer de su fiambrera de aluminio la tortilla de patata, el inevitable chorizo y el tocino de la matanza del año anterior. Cuando alguna vez probé aquella tortilla, me supo a glorias celestiales.

            La bota de vino, la cataban varias veces durante la jornada, pues era un complemento calórico imprescindible para combatir el intenso frío de la Meseta. Entonces no sabía que aquel vino tinto de Fuentesauco que yo también vendimiaba y veía elaborar en las misteriosas bodegas negras, era y es el mejor del mundo.

            Pero aquel mundo mágico de vencejos revoloteantes, escarcha en las cunetas, e infinitos mares de trigo verde en las tardes de mayo, se esfumó con la emigración masiva a Alemania. En pocos años las tierras se despoblaron, y poco después desaparecería para siempre la siega y la trilla en verano. Cómo me gustaba sentarme en la trilla, sobre la parva de cebada o avena recién segada y arrear la mula, para que diera vueltas y vueltas sobre las espigas, la paja y el grano destilado, mientras millones de golondrinas y vencejos envolvían la era sin descanso, bajo aquél implacable sol de agosto.

            Las nuevas maquinas cosechadoras acabaron con la dureza de los segadores, y en pocos años estos desaparecieron para siempre, dejando sus tradicionales campañas por Extremadura y Castilla. La siega, o recolección de mieses, era un trabajo extenuante, de una dureza inimaginable. En mi pueblo, durante miles de años se había recolectado así, pero en ese preciso momento dejaba de segarse a mano, porque una máquina monstruosa y fea lo hacía todo ella. Yo me sentaba con la cuadrilla de segadores, cuando descansaban en las horas de más calor. Me ofrecían vino de la bota, y se reían cuando me manchaba la camisa porque no sabia manejarla. Contemplaba fascinado como afilaban las plateadas hoces, y no me atrevía a tocarlas, pues me resultaban objetos mágicos y peligrosos reservados a los iniciados.

            Contemplaba con la boca abierta como se calzaban las albarcas, tras envolverse los pies en unas lonas pardas, comprimiendo el conjunto con unos cordeles resistentes. Cuando finalmente se ponían en los dedos los protectores de cuero para no herirse las manos, volvían a la siega con el cuerpo doblado sobre los surcos. Un sombrero de paja completaba el atuendo de los segadores castellanos de mi infancia.

            Aquellos hombres eran duros como robles, bien aclimatados a un paisaje de gran crudeza. En verano cobraban en la campaña de siega "la soldada", gracias a la cual sobrevivían al invierno, pues las lluvias y el frío de esta estación, no permitían hacer gran cosa en el campo.

            Desde 1954 viví en la Josa, una finca cercana a Fuentesauco, pueblo de la provincia de Zamora, pero más cercano a Salamanca, ciudad de la que desde muy pequeño oía hablar de su Universidad y de las ganaderías de toros bravos repartidas por su provincia, ya que Fuentesauco conserva una gran tradición a correr los toros por el prado y las calles en sus fiestas patronales, que se celebran los días 1 y 2 de julio.

            Cuando viajábamos en autobús a Zamora, el viaje de 45 Kmts., duraba más de 3 horas. Llegábamos a las 11, siempre con el tiempo justo para hacer las gestiones de la mañana y las compras de la tarde. En aquellos viajes, recogíamos viajeros de todos los pueblos (Argujillo, La Bóveda, Sanzoles, El Pego), y cada parada era una feria de quesos, embutidos, jamones y gallinas, que entraban en el autobús, ambientándonos a todos con sus sugerentes efluvios.

            Esbozo aquí estos breves recuerdos de aquella Castilla y aquel tiempo, porque mis canciones intentan recogen el candor campesino y popular de aquellos pueblos apegados a unas formas de vida ancestrales.

            En Sevilla descubrí la alegría que en Zamora no veía. Y me costó muy poco enamorarme de sus formas, de su paisaje y de su prodigiosa luz. De esa embriagadora claridad azul que todo lo colorea y envuelve.

            Cuando aprendí a seguir el ritmo con la guitarra, rasgueando los acordes de tónica, dominante y subdominante, en las primeras canciones que el madrileño José Antonio Mora me enseñó, ya había compuesto un par de canciones, que empezamos a cantar en grupo.

Mi primera actuación fue en el dúo: "Los Remaches", cantando una canción de Los Bravos. Algo desastroso, que prefiero no recordar mucho. Después ya éramos 5, en un grupo que se llamaba "Fundación 68" (Andrés, Jesús, José Antonio, José y yo). Ya tocábamos con 2 guitarras eléctricas, batería y bajo. Tres miembros del grupo presentamos "Sol de Invierno", una canción mía, en el festival de mayo de la Universidad Laboral, y ganamos el primer premio. Era la época en que Masiel cantaba el La la la en Eurovisión. Nadie antes había ganado el primer premio con una canción inédita.

            En 1979 estaba de nuevo en Zamora terminando mis estudios de Maestría Industrial. Allí pasaría 2 cursos muy intensos e importantes, pues fundamos un magnifico grupo de folk llamado "Alma y Música" (Emilio, Vicente, Orencio, Dioni...) que interpretaba mis canciones y temas tradicionales. La verdad es que hicimos las delicias del publico zamorano, en una época en que todo lo posible lo hacíamos realidad. Emilio Pérez es la mejor voz con la que he tenido el privilegio de trabajar y cantar, además de ser un excepcional músico. En Zamora es toda una institución. Y hoy, muchos años después, continúa siendo el alma del famoso coro de la parroquia de Cristo Rey, en la que tocábamos y cantábamos los domingos en la misa de 12,30 a todo trapo en clave de Soul y Gospel.

Algunos temas que podéis encontrar en la web, sonaron increíbles en aquellas voces, flautas y guitarras. Alma y Música fue el mejor grupo musical en el que participé. Estábamos a punto de ir a Madrid para hacer las pruebas en la CBS, para grabar un LP completo, cuando las cosas se torcieron en el ultimo momento. El grupo se deshizo en 1971 y cada uno seguimos nuestro camino por diferentes ciudades. Desgraciadamente no conservamos grabaciones de calidad de aquel repertorio, porque entonces no nos preocupábamos por esas cosas, y porque no disponíamos de grabadoras tan buenas como las actuales.

Unos años antes había fundado en Fuentesauco una pequeña orquesta de pueblo, con guitarras, bajo, batería y órgano (instrumentos desconocidos), para tocar en los bailes del pueblo y alrededores. Ilusioné con la idea a varios vecinos, y en un par de veranos montamos un repertorio reducido, al que sacábamos todo el rendimiento posible, repitiendo las piezas una y otra vez hasta extenuar al publico, que, en este caso, nos lo permitía todo, porque éramos el primer y único conjunto moderno en muchos pueblos a la redonda. El nombre que nos pusimos "Los Saucan´s", tuvo mucha aceptación, tal vez por el aire anglosajón que el apóstrofe le imprimía.

           Empezamos tocando en la pista de baile del "Café de Varillas", con un equipo mínimo (al principio solo nos oían las dos primeras filas de parejas que bailaban). Pero con el paso del tiempo todo mejoró, y los Saucan´s se dedicaron a la música de baile profesionalmente, recorriendo las fiestas de una extensa zona de pueblos. El equipo de sonido que tenían unos años más tarde era de muy buena calidad, y sonaban francamente bien. Yo dejé el grupo cuando ya estaba consolidado, porque al estudiar fuera no podía tocar con ellos durante todo el año.

            Desde 1971 hasta 1974 cursé la carrera de Asistente Social en Valladolid. Durante estos años, trabajé con varios grupos de música folk, mientras simultaneaba actuaciones como cantautor, faceta que comencé a desarrollar entonces con buenos resultados, puesto que contaba con un buen repertorio de canciones inéditas. Cantaba en los estudios de radio, daba recitales en las facultades de la Universidad de Valladolid, y me llamaban de muchos pueblos. Contaba con el apoyo de dos periodistas que me promocionaron en radio y en prensa: Carlos Blanco y Fernando Valiño.

Me movía como podía en aquellos turbulentos años del final del Franquismo, en los que una época agonizaba, mientras que la que nacía nadie sabia en donde acabaría políticamente, puesto que las ideologías presentes eran variadísimas y había mucho miedo en el aire. La incertidumbre era pues la tónica, pero también se respiraba ilusión en la calle, mientras mucha gente soñaba que las cosas cambiaran y se normalizara todo en clave de libertad y democracia. En aquellos años, peligrosos yo encarnaba públicamente algunos de estos sueños, y era un tipo popular en Valladolid.

            En Valladolid trabajé con varios grupos de folk. Uno de ellos fue "Trigo Verde", del que entonces se escindía un dúo llamado "Candeal", que con el tiempo sacó buenos discos al mercado nacional. También cante con "Montaranza" y "Arcabuz", colaborando en los arreglos musicales de varios de sus temas. Pero fue con el grupo "La Fanega", con quien más me impliqué y trabajé.

            En aquellos años de efervescencia social y política, protestábamos como podíamos contra un sistema irracional y carente de futuro. Nos valíamos de todo lo que teníamos a mano, y, efectivamente, la canción protesta se convirtió en el aglutinador de la oposición al régimen. Allí estábamos los cantautores comprometidos en los barrios, en las facultades, en las asociaciones y en los teatros, para expresar nuestro mensaje y afianzar nuestra alternativa. El publico se nos entregaba incondicionalmente.

            En ese contexto, poco a poco, fuimos conectando varios cantautores independientes, que terminamos cantando juntos. Yo aglutinaba al grupo. Nos denominábamos "La Fanega", y durante algún tiempo cantamos siguiendo esa formula con buenos resultados, hasta que la "gauche divine" hizo su aparición, para apropiarse de nuestro movimiento y convertirlo en una herramienta "revolucionaria". A partir de ese momento la capacidad de creación independiente y libre que disfrutábamos en "La Fanega", quedó relegada a los panfletos y las consignas que dictaban los comisarios políticos, convenientemente disfrazados de corderitos.

            Pienso ahora lo mismo que entonces. Promocionar a grupos musicales que carezcan de buena base artística, desde la que puedan experimentar nuevas líneas creativas, conduce directamente al fracaso. Y eso es exactamente lo que al final sucedió. "La Fanega" recibió mucha promoción, realizó varias giras y grabó un par de LPs. Pero su trayectoria fue efímera, y su calidad, a excepción de algunas canciones sueltas, dudosa.

              Me daba cuenta que la figura del cantautor, como lo conocíamos entonces, tenía los días contados, pues era imprescindible enriquecer los arreglos musicales y trabajar mucho más las voces, además de adecuar los textos a la realidad cultural de cada momento. Para ello no había más remedio que ir al conservatorio de música a estudiar armonía y composición, entre otras materias. Pero entonces todos veían esa opción innecesaria. Sin embargo, las tendencias musicales cambiaron muy deprisa, y el movimiento musical del que yo formaba parte se vino abajo.

            Cuando terminé en 1976 el servicio militar, concluyó mi vida publica como cantautor para iniciar otra nueva etapa profesional en la empresa de automóviles FASA RENAULT de Valladolid. Poco antes de acabar la mili, grabé para TVE tres canciones, acompañado de dos músicos, las cuales se emitieron en diferentes horarios.

            Mis inquietudes han cambiando algo con el paso del tiempo. He profundizado en la poesía del exilio de León Felipe, pero también me gusta oír a Santa Teresa y San Juan de la Cruz en la voz de Amancio Prada. He descubierto a Federico García Lorca, al que leo regularmente, evocando los lugares y los paisajes que frecuentó, uno de ellos está a pocos metros de mi casa. De Americo Castro he aprendido la revisión de nuestro pasado, ya que la grandeza artística y cultural de España proviene de la triculturalidad: moros, judíos y cristianos en interacción dinámica. De Juan Goitysolo me ha impactado La Chanca y Campos de Nijar, por esa búsqueda de las raíces olvidadas, al margen de la España Oficial.

La canción de autor ha cambiado. El uso que hoy se hace de ella es distinto al de mi experiencia. Entonces las canciones de protesta nos servían para concienciar y acelerar los cambios sociales. Los grandes maestros sudamericanos como Atahualpa Yupanqui, Facundo Cabral, Mercedes Sosa o Daniel Viglieti, denunciaban la injusticia invitándonos a revelarnos contra ella. Éramos soñadores y utópicos, y creíamos posible construir un mundo mejor. Algunos tuvimos la oportunidad de catalizar la conciencia de una generación que hizo un cambio histórico.

            Fue una aventura maravillosa. Después ha llovido mucho, pero no se puede negar que hoy tenemos una sociedad más evolucionada y libre, si bien siguen siendo necesarios el cambio y transformación continua.

            Las canciones que os ofrezco aquí nunca se editaron. Las he ido recopilando y grabando en cinta una a una, para que no se pierdan de la memoria histórica. Imaginadme cantando a vuestro lado rodado de amigos, frente a unas jarras de vino tinto de Toro; mientras las llamas de la madera danzan al compás de mis acordes.

Carlos Samaniego.

Almería (España) 2/03/2001