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Carlos Samaniego |
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¿HACIA DONDE, HACIA QUÉ?
Creo que el mejor aplauso y refuerzo que puede recibirse es el que uno
se concede a sí mismo al terminar de hacer las cosas lo mejor que se
puede. Pero las mejores "obras de arte" que producimos en
nuestra vida, casi siempre tienen lugar en silencio y sin espectadores. Necesitamos, no obstante, espacios en los que poder expresara el mundo interno de cada uno y la dimensión social de las cosas cotidianas. Ello nos permitiría construir una sociedad de individuos adultos y responsables, cada vez más comprometidos con los grandes problemas que se nos plantean. El mundo de los sentimientos, la poesía, la música, la mística, y cualquier otra formas de sensibilidad artística y espiritual, deberían cultivarse mucho más de lo que hoy se hace.
Nuestra mejor gente, difícilmente encuentra en nuestra sociedad
ni canteras ni públicos que potencien la creación y el talento de
manera incondicional. Si pensamos en Picasso, Buñuel, o tantos otros
que se fueron buscando ambientes más favorables, hemos de convenir en
los demoledores efectos que produce trabajar en contextos hostiles a la
innovación intelectual, científica o artística. Y por mucho que esto
nos duela, las soluciones a este problema no pasan por reivindicar el
origen español de Pablo Picasso, puesto que todos sabemos perfectamente
que este hizo su obra en París.
En España no se quiere ni aplaude a los intelectuales y artistas
que se atreven a rompen los moldes establecidos por la tradición
social, pero se admira con reverencial sumisión a los famosos que
siguen la corriente de la moda y a los personajes y personajillos que
ostentan Poder. Pedro Almodovar empezó a ser tenido en cuenta cuando
Francia le concedió la Legión de Honor, y poco después Hollywood
reconoció su valía como realizador cinematográfico. A partir de ese
momento Almodovar se convierte en una bandera nacional. Pero en este
juego, a la gente no le seduce tanto su talento como su popularidad
mundial. Se admira más la fama y el poder que Almodovar tiene, que su
obra y la crítica social que esta encierra.
¿Cuantas veces nos fijamos en los pequeñitos? Pocas. Muy pocas.
Yo prefiero el Pedro Almodovar -hormiguita laboriosa-, que durante los años
80 desmontó en sus películas muchos de los mitos sobre la sexualidad
carpetovetónica, cuando pocos le hacían caso, y solo era un realizador
marginal.
Esta envidia que siempre hemos tenido hacia lo nuestro, herencia
de nuestra historia, parece mostrar últimamente algunos síntomas de
debilidad, pero no está muy claro que sea así. Y es que nuestra Santa
Inquisición se encargó como nadie de enseñarnos a desconfiar de
cualquier "Cristiano Nuevo" que sobresalía en algo de forma
sospechosa. Es decir, aprendimos a ir contra los mejores.
Es fácil creer que estas cosas pertenecen a un pasado remoto,
sin relación con el día a día, pero no es así. La envidia al éxito
ajeno, sigue viva en nuestra sensibilidad social como ninguna otra cosa,
y es la principal causante de la tara espiritual que padecemos desde
hace mucho tiempo, que no es otra que nuestra famosa incapacidad para
coordinarnos unos con otros y trabajar en equipo eficientemente. Ello
hace que recurrentemente apliquemos la única solución que conocemos:
el individualismo en todas sus manifestaciones. Este desemboca en la
falta de respeto que profesamos a los demás, puesto que cada uno nos
creemos superiores a todos. ¿Como explicar sino que seamos tan cainitas,
y que nuestra identidad nacional siga aún tan desdibujada? ¿Como
explicar sino la pasión creadora que demostramos en otras culturas,
cuando conseguimos abandonar estas formas de pensamiento?
España es la monarquía que más repúblicas ha creado en el
mundo. Pero con ellas mantenemos relaciones distantes y superficiales, a
pesar de las profundas raíces que nos unen. Sabemos que deberíamos
intensificar los intercambios con América a todos los niveles, pero en
lugar de hacerlo, nos hemos inventado una fiesta, el 12 de octubre, en
la que pronunciamos discursos, mientras el resto del año ignoramos a
nuestros hermanos americanos, con los que compartimos cultura,
sensibilidad y sangre. Al comportarnos así nos negamos a nosotros
mismos y nos empecinamos en no aceptar nuestro papel en el mundo. No
conocemos sus ciudades (que fundamos nosotros), sus monumentos (que
hicieron nuestros abuelos), sus regiones (que son las más bellas del
mundo), y los nombres de sus presidentes y líderes. Hablamos de ellos
como si no tuvieran nada que ver con nosotros; como si la sangre que
circula por nuestras venas no fuera la misma, y como si nuestras formas
sociales y culturales fueran diferentes. Pero son prácticamente
iguales. Cometemos un grave error, puesto que las mejores realizaciones
que nuestros antepasados hicieron en los últimos siglos, se encuentran
sin duda, en la América hermana. Redescubrir su realidad es descubrir
nuestra propia esencia.
Hemos de abrirnos a nuestra gran riqueza, que se manifiesta en
una gran diversidad de pueblos, plazas, paisajes, arquitectura, y
lenguas. Abrirnos como lo hacía la sociedad del Rey Alfonso X "El
Sabio", rey de Castilla y León, en la que convivían pacíficamente
moros, judíos y cristianos, consiguiendo uno de los momentos de mayor
esplendor intelectual y económico de nuestra historia. Después, cuando
una de las tres etnias se empeñó en borrar a las otras dos y lo
consiguió, sobrevino una larga noche de miseria y desastres, de la que
aún no hemos terminado de recuperarnos.
Si decidimos llevar a la práctica estos valores como un hábito
más de nuestra vida cotidiana, será inevitable volver al combate con
las armas que más a mano tengamos en cada momento. Hoy os ofrezco las
canciones con las que un día peleé. En ellas descansan mis sueños,
pero mis sueños forman parte también de los vuestros, y todos juntos
alimentan el alma de este planeta Azul, que sigue creciendo y
evolucionando, como lo hace la vida en todo el universo.
Gracias a Francisco Javier Sánchez González, este espacio se ha
hecho realidad. A el se lo debemos. El es el culpable, pues con el
material de sus sueños ha construido
un auditorio virtual sin distancias, en el que iremos colgando
relatos, poesías y canciones antiguas y modernas, mezclando la tradición
y la innovación de manera sencilla y natural, como el dualismo ying -
yang nos enseña. Almería 5/03/01 Carlos Samaniego |